
Después de un momento caminó despacio cruzando una abertura en uno de los setos laterales de la entrada de su casa y se acercó al roble gigante pisando por encima de la hierba quemada. Al pie de este viejo árbol, Costa había construido una especie de yacija para el día; se tendió en ella mirando las estrellas perfiladas como diamantes. Las ramas del roble, redondas y pesadas como brazos de robustas matronas, estaban revestidas con musgo de tallo largo.
Volvió la cabeza en dirección de la casa; la luz del dormitorio de Noola se había apagado. Costa recordó que había dejado abierta la puerta de entrada y que los ratones del campo aceptarían la invitación para entrar y procurarse comida. Se levantó, y como si se acercara a un enemigo, entró en la casa con las rodillas rígidas, como las de un perro al acecho.
Un rincón de la habitación al frente de la casa estaba iluminado por una luz suave. En un estante alto había dos iconos de madera y delante de ellos dos lamparillas idénticas de aceite que quemaban día y noche, sus pequeñas lenguas rojas inmóviles sin ningún estremecimiento. Las figuras sagradas eran de san Nicolás que protege a los marineros, si son griegos y de la fe ortodoxa, y María, sosteniendo el cuerpo de su hijo crucificado. Las pinturas se habían oscurecido por los años y el humo del aceite, pero brillaban, y las pequeñas luces reflejaban la sangre de las vestiduras sagradas y el oro de la divinidad que rodeaba a los ángeles asistentes.
Debajo de los iconos estaba el gran aparato de televisión de Avaliotis. Aquel verano, La ley del revólver y Kung Fu estaban en boga. Costa lo conectó. Únicamente noticias, todas de Washington. Costa desconectó el aparato, pasó frente a los santos y se acercó al rincón opuesto de la habitación en donde había dos fotografías tomadas en un mismo paisaje.
