
Noola no comía hasta que su marido había terminado. Sentada al borde de la otra silla de la cocina, como una gallinita griega, mantenía la mirada fija en su marido para asegurarse de que él tenía lo que necesitaba en el momento en que lo necesitaba. Noola había crecido en un ghetto griego de la clase media en Astoria, Queens, un distrito de la ciudad de Nueva York, y éste era el ejemplo que había recibido de su madre.
– Será conveniente que vayas -dijo.
– Aún no he decidido si voy a ir -respondió Costa, dando golpecitos con el índice en su taza vacía, ordenando-. Hazme un favor, no trates de decidir por mí.
– Después de todos estos años -dijo Noola-. ¡Bobo!
Dejando el tema, se acercó al fogón, con sus zapatillas de dormitorio que utilizaba igualmente durante el día y la noche.
– Cuál será el problema, eso es lo que estoy pensando -dijo Costa-. De acuerdo, eres un hombre joven y necesitas una mujer. Así que te vas, como nosotros solíamos hacer, a Tampa, a Ybor City, encuentras una mujer, solucionas el asunto y vuelves a casa. ¿Cuál es el problema?
– Si envía dinero -dijo Noola- es que debe de estar enamorado.
– El amor sólo está en las películas.
– Estoy pensando todavía qué ocurriría entre ellos, con la otra -dijo Noola mientras llenaba de café la taza de Costa.
Teddy les había enviado la fotografía de la chica rechazada hacia algunos meses. Estaba en el aparador junto al bote del azúcar. Ambos se volvieron y miraron la chica, una princesa griega con cabello hasta la cintura. No la habían conocido, pero Costa le había dado instrucciones en conferencia telefónica sobre algunos puntos esenciales.
– Teddy es un chico tranquilo -le había dicho-. Le gusta la vida familiar, la buena cocina, etcétera. ¿Me oyes bien? La vida familiar -había gritado Costa-. Tú ya sabes lo que quiero decir. Nada de clubs ni vida nocturna.
