A sus sesenta y dos años, poseía una bella cabellera negra. Su bigote era semejante al del viejo guerrero, dando sombra a unos labios gruesos y alargándose más allá de las comisuras para terminar en un rizo. Sus cejas, igualmente pobladas, se precipitaban al encuentro por encima de su nariz, confiriendo a su rostro una singular expresión, que a menudo era como un aviso de que su paciencia estaba siendo puesta peligrosamente a prueba.

Sus ojos, que habían escudriñado la superficie del mar durante tantas horas y durante tantísimos largos años, eran negros como la tinta negra, y no de ese color suave castaño. También ellos parecían hablar de suspicacia o advertir que se estaban aproximando a un juicio que en caso de ser desfavorable podía desatar una gran reserva de ira. Costa no era un hombre amigable. Cuando ofrecía su amistad, eso constituía un honor.

Hubiera podido ser un bandido o un revolucionario, llevando la vida del exiliado en lo alto de una montaña. Pero lo que había sido, en sus mejores tiempos, fue uno de los componentes de un escogido grupo de pescadores de esponjas que buceaban en el río Anclote. Cuando la marea roja mató la esponja, se convirtió en comerciante. Su tienda, «Las 3 Bes» (Anzuelo, Botes y Cerveza) estaba lejos del lugar en donde la flota pesquera de esponjas se había refugiado en las buenas épocas, al otro lado del río y al oeste hacia el extremo del golfo.

Sin embargo, nunca perdió la autoridad que los capitanes del mar adquieren: en su compañía, uno se sentía completamente seguro. Costa sólo reconocía una fuerza con la que no podía competir: la misteriosa voluntad del Señor.


– La única cosa que pido a ese chico -Costa decía a su esposa a la mañana siguiente- es que se casara con una de los nuestros, una chica limpia.

– Se te están enfriando los huevos -dijo Noola.

Aun en el desayuno, la cocina desprendía olor a aceite de oliva y ajo.



5 из 450