
No había mirado el horario de vuelos al Oeste, suponiendo que un avión estaría esperándolo cuando su autobús llegara al aeropuerto de Tampa. Costa creía en el destino. El avión estaba allí, tal como Costa había confiado y telegrafió a su hijo para que fuese a esperarlo.
Pidió un asiento de pasillo, se sentó erguido con rigidez, mirando hacia delante, como si él tuviera a su cargo la seguridad de los pasajeros del avión. Cuando le ofrecieron el almuerzo, rechazó la interrupción con la mano. Más tarde, el hombre que estaba en el asiento de la ventanilla, junto a Costa, inició un largo debate con otro hombre al otro lado del pasillo, respecto a si el presidente debía o no dimitir. No se ponían de acuerdo, distanciados. Costa no mostró ningún interés. Por simple curiosidad, su vecino le preguntó:
– ¿Y qué piensa usted de todo esto, señor?
– Yo tengo mis propios problemas -respondió Costa.
Teddy Avaliotis era suboficial en el Centro de Entrenamiento Naval de San Diego. Cuando hubo completado su entrenamiento en el centro decidió seguir en él aceptando la tarea de mantener y operar el mecanismo de vídeo que se utilizaba en la instrucción de los reclutas. Era muy respetado.
Teddy se reunió con su padre en el aeropuerto de San Diego, de estilo misional, esperándolo en la puerta central. Le quitó la maleta y le besó.
– He hecho preparar tu cuarto, papá -le dijo- en la posada al otro lado de la calle frente a la base, ¿de acuerdo?
– ¿Es un lugar limpio? -preguntó Costa.
– Espera a verlo. Te gustará.
Teddy observó que su padre había envejecido, o ¿sería a causa del largo viaje?
– Tienes un aspecto fantástico, papá -le dijo-. ¿Te encuentras bien?
– Así lo espero -respondió Costa.
– La conocerás a la hora de comer. Hay un restaurante llamado el «Fish Factory», que sirve caracoles marinos; ella adora esos caracoles. Y tú vas a quererla a ella. -Pasó el brazo alrededor de los hombros de su padre y apretó. – Estoy deseando veros juntos.
