– Estoy seguro -dijo Costa-. Pero no será hoy. Nada de cena, etcétera, esta noche.

– Ella está ansiosa por conocerte, papá. Está esperando el momento.

– Esta noche hablaremos tú y yo. Mañana, quizá.

– Muy bien, papá -dijo Teddy-. Así que ella tendrá que esperar un poco más, ¿no es verdad?

El camino requería unos diez minutos de recorrido en auto hasta la base, a lo largo del borde de la península. El agua de la bahía centelleaba como agua gaseosa.

– Papá, ¿ves ese enorme portaaviones ahí fuera? El Coral Sea. ¿Lo ves? San Diego es la ciudad más bonita del país; todo el mundo lo dice.

– Muy bonito, muy bonito -dijo Costa-. ¿De dónde has sacado este auto?

– La Marina me lo ha dado. Ellos me lo regalan todo. -Teddy se echó a reír.- ¿Cómo está mamá? Dile que aprecio de verdad esos brownies [2] y ese halvah que me envía. ¡Qué mujer! ¿De dónde la sacaste?

– Es una buena mujer.

– Yo también he encontrado una buena mujer. Ya verás cuando la conozcas. Ya verás papá, voy a convertirla en una buena griega.

– ¿Te escucha cuando hablas, muchacho? Respóndeme esto únicamente. Porque las chicas norteamericanas a veces… Esta chica, ¿escucha lo que le dices?

– Como si se tratara de la ley. Que es lo que soy para ella. ¡Mira! Esa es la entrada a la base. Y allí está tu posada. Mañana te enseñaré el lugar.

Por los pasillos de la posada se respiraba un fuerte perfume.

– Esto huele como un burdel cubano – comentó Costa cuando Teddy le acompañaba a su habitación; abrieron todas las ventanas. Mientras su padre se acomodaba, Teddy llamó a su novia y le dijo que la cena se había suprimido-. Mañana -añadió.



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