– Quizá más de veinte años… -la mira de nuevo escrutador, casi impertinente-. No has cambiado -declara-. Ya no eres joven, pero no has cambiado.

– Gracias.

Y enmudecen. Ambos producen la impresión de que no tienen nada que decirse. Marina le tiende la mano, decidida:

– Me ha complacido encontrarte, Germán.

Pero la mano queda en el aire y el ademán carece de sentido.

– Yo también voy a la ciudad. Podemos ahorrarnos un taxi. ¿Te importa que te acom-pañe?

Marina vacila, se fija en el taxista, que aguarda junto al coche mientras mantiene la portezuela abierta. Se vuelve hacia Germán:

– No tengo inconveniente.

– ¿Te esperan?

Niega con la cabeza.

– Entonces…

Germán la conduce hasta el coche: sube tras ella, se acomodan en el asiento e indican al taxista que no llevan equipaje.

– Lo he dejado en consigna -aclara él.

El motor se pone en marcha. Marina piensa: «igual que antes.» Todo recobra súbitamen-te el ritmo perdido, todo adquiere un matiz conocido y familiar. Indudablemente existen si-tuaciones que nunca llegan a morir.

– ¿Dónde vives ahora?

Marina da las señas de su casa. Es un barrio nuevo que se extiende allá donde en los a-ños cuarenta sólo había descampados y malezas.

Las ruedas chapotean pastosas. Es un sonido huero que, sin embargo, adquiere impor-tancia. Se diría que sin él nada hubiera tenido verdadera consistencia. La lluvia se intensifica y los cristales empañados velan el paisaje.

– Buen día has elegido para venir a Barcelona -dice Marina. Y al instante comprende que ha lanzado una torpeza. Es lo mismo que si hubiera dicho: «Vaya día que ha elegido Bruna para morirse.»

Germán asiente. Pero continúa en silencio. Marina sabe que entre ambos existe un ba-gaje grande de preguntas engendrando ese silencio. Preguntas abstractas, difíciles de contes-tar y también sabe que, para plantearlas, necesitarían horas, muchas horas.



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