
– Germán de Alcántara -dice-. Hace poco he oído que te reclamaban por los alta-voces…
Sonríen los dos: los rostros cuajados de arrugas y los ojos abrillantados por unas chispas nuevas que en vano se empeñan en parecerse a las antiguas. Germán se apresura a aclararle:
– Vengo de Roma. Un viaje precipitado. Te habrás enterado ya de lo ocurrido…
– Me lo dijeron en Madrid -explica ella-. He llegado al mismo tiempo que tú… -en seguida añade con expresión severa-: Lo siento. Ha sido un final triste.
Germán asiente. Dice luego:
– No ha sido fácil encontrar pasaje para Madrid. Ya sabes: las fiestas de San Isidro… Había una lista interminable de gente apuntada. Las reservas de Roma colean desde hace un mes… Por eso he tenido que hacer escala en Barcelona. Desde aquí es menos difícil encontrar pasaje… Siempre hay alguna baja…
Lleva las gafas puestas y, según centellean, los ojos se pierden tras los cristales.
– Entonces… ¿te vas?
– Todavía no. Mi avión sale a las siete de la tarde.
Quedan en silencio unos segundos. Se miran. Se inspeccionan como si fueran dos piezas de museo.
– ¿Y tú? ¿Qué diantre haces en el aeropuerto? Si has llegado al mismo tiempo que yo, tu avión debe de estar ya de regreso en Madrid.
Marina ladea la cabeza, frunce los labios, pone cara de fastidio.
– Una pesadilla -dice-. No me hables del asunto: mi maleta se había perdido. Al fin la han encontrado.
Discurren como dos simples conocidos que se alegran de encontrarse después de una ausencia larga. Sin apasionamiento. Tranquilamente inmersos en la vulgaridad cotidiana.
Germán se lleva la mano al mentón:
– Curioso -dice-, curioso… ¿Cuántos años han transcurrido desde entonces?
Marina vuelve a sonreír:
– ¡Qué sé yo! -dice-. He perdido la cuenta.
Germán alza la vista como si quisiera leer en lo alto la cifra que ya no recuerda:
