
Esta vez se trata de un Zabaleta. De un Zabaleta y de la muerte de Bruna.
«Si al menos no hubiera dejado el paraguas en la maleta…»
Marina todavía camina con soltura. Vista de espaldas parece una mujer joven: alta, fina cintura, hombros enmarcando una espalda recta. Tiene el andar firme y despreocupado, los ademanes ligeros, y un armonioso ladeo de cuello que algunos juzgan estudiado.
Se pregunta ahora -qué aspecto tendría Bruna antes de morir. Decían que las drogas la habían desfigurado y que en los últimos tiempos no era ni la sombra de lo que había sido. «Y el marido en el extranjero con Vilana…»
El trayecto del autocar, de puro breve, resulta innecesario. Pero la lluvia cae implacable y el viento arrecia furioso: una medida agradable. Los viajeros la agradecen.
– No se detengan, por favor.
Tras la segunda cristalera del pabellón de llegada, un mundo de rostros se hacina junto a la puerta. El transitar se vuelve difícil. Marina piensa que el hecho de llegar a un aeropuerto con ínfulas internacionales siempre causa cierta humillación. Hay una extraña identificación entre el grupo de pasajeros con las manadas de corderos. Los altavoces podrían ser los ladri-dos del perro pastor.
– La Compañía Iberia anuncia la llegada de su vuelo 331, procedente de Roma.
La mujer que sostiene al niño, se queja: -Esa obsesión de apiñarse en la entrada… En torno al rotativo, un nutrido grupo de pasajeros aguarda la aparición de las maletas. La mujer que sostiene al niño, continúa quejándose:
– Y ahora, a esperar el equipaje. Con un poco de suerte, podremos salir de aquí antes de una hora.
Su cansancio es ya manifiesto. No sólo apunta en las ojeras: lo lleva pegado al cuerpo. Lo proclama el desaliño de su vestido, la forma de agarrar al niño, el rodal de colorete mal colocado, y, sobre todo, la curvatura de su espalda. El niño se rebulle en sus brazos, gime bajito, se cansa del cansancio de la madre.
