– Me gustaría ser uno de esos viajeros -comenta Marina.

– ¿A qué se refiere?

– A los que vienen de Roma.

No sabe por qué lo ha dicho. Es una de esas frases que cabalgan a lomos de un deseo difuso, sin excesivo arraigo. Probablemente un reflejo condicionado, provocado por lo que anuncia el altavoz.

La mujer contempla a Marina con aire ausente, ajena a lo que ésta acaba de manifestarle, pendiente sólo del cansancio que lleva encima, de las maletas y del crío que se rebulle, egoís-ta, en sus brazos excesivamente flácidos. La mujer quisiera sentarse, pero sabe que el artefac-to rotativo puede ponerse en marcha en cualquier momento. Se apoya contra la pared. Suspira. Marina pregunta:

– ¿Puedo ayudarla?

La mujer niega con la cabeza y el rodal colorado del rostro va intensificando la palidez de la piel que lo circunda.

Las maletas asoman ya, húmedas, deslucidas y abolladas. Parecen coristas caducas exhi-biéndose torpemente por la pasarela de un teatro barato. Al desfilar, dejan tras ellas un denso aroma a moho y un charco de agua sucia. Marina insiste:

– ¿Puedo ayudarla?

La mujer sonríe. Señala los bultos. Marina los rescata sin dificultad y los coloca en el carrito.

– Gracias -dice la mujer-, ha sido usted muy amable.

Y comienza a alejarse, nave adentro, arrastrando el carrito.

Al verla marchar, Marina vuelve a sentir lástima por ella. Una lástima grande que no llega a definir. Le duele la soledad de esa mujer. Piensa: «Seguramente nunca volveré a ver-la.» Y de nuevo asocia esa lástima a la que le produce la muerte de Bruna. «Tampoco a ella volveré a verla.» Bruna se ha ido definitivamente, como Rogelio, como tantos otros, dejándo-la con los interrogantes de siempre suspendidos sobre su vida. Sin defensa. Sin la posibilidad de aclarar, de convencer, de sopesar…

La sala se despeja lentamente de voces, pisadas y roces. El rotativo está a punto de dete-nerse. Las maletas van espaciándose. Marina se acerca a un empleado.



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