
– Of course, yo hubiera hecho lo mismo -comenta Jan.
Víctor sigue encandilado con el subibaja de las nalgas sobre el
sillín.
– ¡Santo Dios! ¿Crees que sea una puta?
– No creo. Parece una estudiante.
La nariz descomunal se le frunce al hablar.
– Hmmm… En todo caso, me gustaría mucho acceder a un culo como ese, Jan…
Víctor vuelve a acelerar y se le pone al lado.
La muchacha, una rubia de piel muy quemada por el sol, tiene además un hermoso perfil.
Cuando Víctor baja el cristal y le dirige su primera sonrisa de Alain Delon, ella lo mira sin aparente interés.
Pedalea con decisión. Tiene senos firmes y labios excitantes. A la espalda se le bambolea una regla T y dos rollos de cartulina.
Cuando va llegando al Hotel Riviera, ella apresura su marcha, saca la mano, para indicarle que va a ocupar la senda izquierda, y se le ubica exactamente adelante, a la espera de posicionarse para doblar a su izquierda.
– ¡Madre mía, qué es esto!
Las puntas de las nalgas sonrosadas, mórbidas, redondas, desbordan del sillín por ambos lados. Hacía mucho tiempo que Víctor no sentía una erección callejera.
Cuando ella dobla hacia el frente del hotel, los cuatro ciclistas siguen de largo por el Malecón. Alguien le grita un piropo soez. Se oyen risotadas.
Víctor piensa muy rápidamente. Aquellas nalgas que el tránsito habanero le ofrece inopinadamente, pueden ser exactamente lo que tanto necesita. Y como no hay peor gestión que la que no se hace, la seguirá adonde vaya.
El abordaje callejero no es su estilo, pero lo intentará.
