Y para que nadie la vaya a confundir con una prosti, carga una mochilita en bandolera, con una regla T, de dibujo, y dos largos rollos de cartulina. ¿Ingeniería? ¿Arquitectura?

Alicia ya no es estudiante; pero lo fue hasta dos años antes, cuando cursaba la Licenciatura en Lengua Francesa. Hoy día dispone de un permiso estatal para trabajar como free lancer en traducciones. Y en su cuadra ha hecho correr la bola de que eventualmente la contratan para tareas de interpretación. "¡Ve tú a saber…!", dicen los malpensados. Desde luego, nunca falta quien se huela su putería, pero ella no incurre en nada que alarme a la vigilancia revolucionaria.

Además de su francés impecable, Alicia habla inglés desde niña; y últimamente, gracias a dos italianos sucesivos que le proporcionaron un intensivo de 19 días (12 con Enzo y 7 con Guido), ya tiene barruntos de la lengua del Dante. Está bien dotada para idiomas. Excelente oído fonético. Y estudia con empeño. Pregunta insistentemente, repite y se hace corregir la pronunciación. A Guido le maravillaba que tanto vocabulario, de una sola vez, se le quedase remachado en el cerebro para siempre.

– Ecco, ribadito sul cervello!

Y al carcajearse con su papada fláccida, le sobaba el culo. Se sentía el inspirador. Halagado, claro.

Al despedirse, Guido le había hecho prometer que seguiría estudiando. Cuando regresara, en unos ocho meses, él iba a examinarla. Y si aprobaba, le daría un premio.

– D'accordo?

– Va bene.

Y si Alicia le cumplía también lo de aprender algunas canciones en italiano, el premio sería una invitación a Italia.



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