
– ¿Y esto?
– Otro novio.
Obligadamente el hombre comenta:
– ¿Te especializas en pintores?
Y para esta segunda instancia del plan, Alicia tiene varias alternativas:
Si el cliente puede pasar (al menos ante sí mismo) por buen mozo, Alicia responde con una sonrisa tímida, bien ensayada:
– Más bien me especializo en hombres apuestos.
Si el extranjero es gordo, ella dice:
– Más bien en gordos.
El cliente, que no se espera esa respuesta, se entera de que los pintores de ambos retratos son sendos y fenomenales gordos. El autor del desnudo, de quien ella declara haber estado muy enamorada es, según la foto que ella le muestra, de una gordura tal, que el cliente podría sentirse una sílfide en comparación con él. Y allí aprovecha Alicia para tocarle amorosamente la barriga, la papada, y demostrarle cuánto le gustan los gordos. Divaga sobre cierta fijación con un tío muy obeso, la ternura personificada, que fuera su adoración infantil; y cuando por fin declara que su ideal es un luchador de sumo, el gordo se derrite de gratitud.
Si el gordo es un desinhibido, ella le acepta un primer besito de superficie. Si es un acomplejado, se lo da ella.
Y según que el cliente sea muy flaco, pequeño, viejo o feo, los dos pintores, casualmente, también lo son: y Alicia tiene un surtido de fotos, ya preparadas, que así lo atestiguan. Durante esta etapa del proceso de seducción, Alicia se esmera por convencer al cliente de que sus defectos no son tales, sino virtudes.
Si poco después de esta primera escaramuza, el cliente demuestra no tener problemas de impotencia: si ya en la cama puede sostener una erección prolongada, Alicia le ofrece una clase práctica de baile cubano, especialidad para extranjeros en la que ha introducido audaces innovaciones pedagógicas.
Tiene una teoría muy personal. Según ella, para adquirir ese donaire sensual que caracteriza al buen bailador de música caribeña, conviene ya desde las primeras clases, instruir al alumno en ciertos ejercicios de horizontalidad que ella misma ha diseñado.
