
– Parece que le caíste bien -comenta Alicia en voz baja, y de paso, inaugura el tuteo con su cliente.
Al definir una coordinación para atender primeras visitas, Alicia había establecido, cronómetro a la vista, que su madre podía descongelar, sazonar, empanizar dos docenas de camarones y preparar una salsa golf o un mojo frío, exactamente en 27 minutos. Era el tiempo que ella necesitaba para lograr, en la relación con su nuevo amigo, un salto cualitativo desde la gratitud formal, a una cálida complicidad.
Primero, un par de tragos sonrientes, coloquiales. Cuando el visitante ya ha descubierto las fotos casualmente desparramadas sobre la mesita de la sala, y entre ellas el formidable desnudo de Alicia que parece tomado de un óleo, ella da por terminado el S-1 (así llama al "step number one" de su maniobra seductora) y comienza el S-2.
La foto le da el pretexto para coger al extranjero de la mano y conducirlo a su alcoba, donde tiene colgado el original de un metro veinte por ochenta centímetros, perfil de senos perfectos, sentada en un banquito de cocina, piernas cruzadas, mentón sobre los nudillos, sonrisa expectante, en la posición de quien oye a un interlocutor.
– ¿Quién te lo hizo?
– Un novio que tuve.
Explica que el pintor le había tomado varias fotos y por fin se había inspirado en esa. Y de una gaveta saca la foto, ligeramente diferente, pero en la misma postura.
Si el cliente inicia en ese momento alguna ofensiva de labios o manos, ella lo esquiva sin agravio, con una sonrisa. Lo saca por una puerta interior hacia el cuarto contiguo, donde hay una cama de dos plazas, grandes espejos, aire acondicionado, un baño privado, y otro cuadro suyo: un rostro en primer plano, algo estirado sobre la vertical, una onda entre El Greco y Modigliani, nada sexy por cierto.
