
Sintió una sacudida, tuvo que reconocerlo, cuando vio a la señora Whitney. La esposa del comandante tendía a intimidarla con su forma almidonada, apariencia fría, y sangre azul. Pero por el momento, parecía estar totalmente centrada en consolar a la mujer sentada a su lado en un pequeño sofá de una bonita sala.
Carol MacMasters, llegó a la conclusión Eve, una belleza pequeña, de pelo oscuro para contrastar con la elegancia rubia de Anna Whitney. En sus ojos negros empapados, Eve pudo leer tanto la devastación como la confusión. Sus hombros temblaban ligeramente, como si ella estuviera sentada desnuda en el hielo.
MacMasters se levantó cuando ella entró. Ella le juzgó con 64 años y flaco al punto de ser desgarbado. Su vestimenta casual de jeans y camiseta coincidía con el regreso de unas breves vacaciones. Su cabello, oscuro como el de su esposa, y rizado se mantenía apretado alrededor de un rostro delgado, con profundos surcos en la mejilla que podían haber sido hoyuelos en su juventud. Sus ojos, pálidos, de un verde casi brumoso, se encontraron con los suyos levemente. En ellos vio el dolor, el shock y la ira.
Se acercó a ella, le tendió una mano. -Gracias. Teniente… -Él pareció quedarse sin palabras.
– Capitán, lo siento mucho, siento mucho su pérdida. -
– ¿Es ella?- Carol luchó, incluso cuando las lágrimas rodaron por sus mejillas. -¿Es la teniente Dallas?-
– Sí, señora. Sr. MacMasters, Sra. MacMasters-
– Jonás dijo que tenías que ser tú. Eres lo mejor que hay. Tú vas a descubrir que… cómo… Pero aún así se habrá ido. Mi bebé aún así se habrá ido. Ella está arriba. Ella está allá arriba, y no puedo estar con ella. -Su tono de voz del dolor pasó hacia la histeria. -Ellos no me dejan ir con ella. Ella está muerta. Nuestra Deena está muerta. -
– Carol, en este momento tienes que dejar que la teniente haga lo que pueda.- La señora Whitney se acercó para poner un brazo alrededor de Carol.
