
Quizá la amnesia tuviera que ver con eso. O quizá lo mismo que había desencadenado la pérdida de memoria había creado una especie de bloqueo o escudo. No lo sabía.
Maldición, sencillamente no lo sabía.
– ¿Riley? No creía que hubiera riesgo de violencia, al menos por lo que dijiste en tu informe. No había muertes sospechosas, ni se habían denunciado desapariciones. Me dio la sensación de que estabas medio convencida de que se trataba sólo de una serie de bromas macabras. ¿Ha ocurrido algo que cambie eso?
Eludiendo la pregunta directa, Riley formuló otra:
– Oye, ¿qué más te dije?
Pensó por un momento que Bishop no iba a responder, pero por fin dijo:
– Desde que llegaste a Opal Island, hace tres semanas, sólo has informado una vez oficialmente, y tu informe era sumamente parco en detalles. Sólo decías que te habías instalado, que tenías un contacto fiable en el departamento del sheriff del condado de Hazard y que confiabas en resolver satisfactoriamente la situación.
Riley tomó aire y dijo con despreocupación:
– ¿Y cuál es la situación?
Esta vez, el silencio fue tenso, por decir algo.
– ¿Riley?
– ¿Sí?
– ¿A qué fuiste a Opal Island?
– No…, no me acuerdo exactamente.
– ¿Estás herida?
– No. -Decidió, sintiéndose algo culpable, no mencionar la sangre. Aún no, en todo caso. Creía que tal vez tendría que hacerlo más adelante-. No tengo ni un rasguño, ni un chichón en la cabeza.
– Entonces será posiblemente un trauma emocional o psicológico. O un trauma psíquico.
– Sí, eso me imaginaba.
Bishop, como era propio de él, no perdió el tiempo en exclamaciones de asombro.
– ¿Qué recuerdas?
– Llegar aquí…, vagamente. Alquilar la casa, instalarme. Después de eso, sólo imágenes que no he podido ordenar.
