No oía nada de eso. Y eso era malo.

Arriesgándose, Riley se incorporó sobre los codos y deslizó la mano derecha bajo la almohada. Ahhh, al menos eso estaba allí, justo donde debía estar. Cerró la mano sobre la empuñadura tranquilizadora de su arma y la sacó para inspeccionarla rápidamente.

El cargador puesto, el seguro en su sitio, ninguna bala en la recámara. Sacó automáticamente el cargador, comprobó que estaba lleno y volvió a colocarlo; luego metió una bala en la recámara, el ademán rápido y suave después de tantos años de práctica. Se sentía cómoda con la pistola en la mano. Y eso estaba bien.

Había, sin embargo, algo terrible.

Veía ahora la sangre además de olerla. Estaba en su cuerpo.

Rodó sobre la cama y se sentó en un solo movimiento mientras su mirada volaba llena de recelo por la habitación. Su dormitorio, algo que reconocía con una sensación de familiaridad, el alivio de estar donde debía. Y estaba vacío, excepto por ella.

El dolor de cabeza aumentó por la velocidad de sus impulsos, pero Riley prefirió ignorarlo mientras se miraba. La mano con la que sostenía la pistola estaba manchada de sangre seca, y cuando se cambió el arma de mano, vio que la otra también lo estaba. En las palmas, en el dorso de las manos, en los antebrazos; vio incluso que tenía sangre bajo las uñas.

Hasta donde podía ver, no había sangre en las sábanas, ni en las almohadas. Lo que significaba que, al parecer, toda aquella sangre se había secado antes de que ella cayera sobre la cama completamente vestida y se durmiera. O se desmayara. En cualquier caso…

Dios santo.

Sangre en las manos. Sangre en la camiseta de color claro. Sangre en los vaqueros descoloridos.

Un montón de sangre.

¿Estaba herida? No sentía ningún dolor, aparte de la jaqueca. Sentía, en cambio, frío y un miedo creciente, porque despertarse cubierta de sangre no podía ser bueno, se mirara por donde se mirara.



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