
Se levantó, un poco rígida y más que un poco temblorosa, y salió descalza de la habitación. Inspeccionó la casa rápidamente pero con cautela para asegurarse de que estaba sola, de que no había ninguna amenaza inmediata. La otra habitación estaba limpia como una patena y parecía no haberse usado recientemente, lo que probablemente era cierto. Riley rara vez tenía invitados que necesitaran una habitación extra.
Inspeccionar el resto le llevó poco tiempo porque la casa consistía en un gran espacio diáfano que incluía cocina, comedor y cuarto de estar. Estaba limpia pero ligeramente desordenada, con libros, revistas, periódicos, discos y DVD amontonados aquí y allá. El desorden habitual de la vida cotidiana.
Parecía haber estado usando la pequeña mesa de comedor para trabajar, porque los tapetes estaban apartados y el maletín del ordenador portátil se hallaba sobre una de las sillas. El ordenador no estaba, lo cual sólo significaba que seguramente no había trabajado con él últimamente.
Las puertas estaban cerradas con llave. Las ventanas también estaban cerradas a cal y canto (hacía mucho calor en verano en la costa de Carolina del Sur).
Estaba sola.
Aun así, se llevó el arma cuando entró en el cuarto de baño y miró detrás de la cortina de la ducha, antes de encerrarse en la habitación relativamente pequeña. Entonces, al mirarse en el espejo que había encima del tocador, sufrió otra conmoción.
Tenía más sangre seca en la cara, extendida por la mejilla, y un poco parecía habérsele apelmazado en el pelo rubio. En densos pegotes.
– Mierda.
Se le revolvió el estómago y se quedó allí, parada un momento, con los ojos cerrados, hasta que pasó la náusea. Dejó entonces el arma encima del tocador y se desnudó.
Comprobó cada palmo de su cuerpo sin encontrar nada. Ni una sola herida, ni siquiera un arañazo. La sangre no era suya.
