La edad es una ladrona implacable. Justo cuando empiezas a tomar el pulso a la vida te arranca la fuerza de las piernas y te encorva la espalda. Produce dolores y enturbia la cabeza y silenciosamente infesta a tu mujer de cáncer.

Metastásico, dijo el médico. Cuestión de semanas o meses. Pero mi amada era frágil como un pájaro. Murió nueve días más tarde. Después de sesenta y un años juntos, sencillamente agarró mi mano y expiró.

Aunque hay veces que daría cualquier cosa por tenerla aquí de nuevo, me alegro de que se fuera la primera.

Perderla fue como si me partieran por la mitad. Ése fue el momento en que todo acabó para mí, y no me habría gustado que ella hubiera pasado por esa situación. Ser el que sobrevive es una cagada.

Antes pensaba que prefería envejecer a la alternativa, pero ahora no estoy tan seguro. A veces la monotonía del bingo, los karaokes y los ancianos polvorientos aparcados en el pasillo en sus sillas de ruedas me hacen desear la muerte. Sobre todo cuando recuerdo que yo soy uno de los ancianos polvorientos archivado como una especie de trasto inservible.

Pero no hay nada que hacer. Lo único que puedo hacer es pasar el rato hasta que llegue lo inevitable, observando cómo los fantasmas de mi pasado deambulan por mi presente inane. Se mueven a sus anchas y se sienten como en su casa, básicamente porque no tienen competencia. He dejado de luchar contra ellos.

En este mismo momento están haciendo lo que quieren.

Poneos cómodos, chicos. Quedaos un rato. Oh, lo siento… Veo que ya lo habéis hecho.

Malditos fantasmas.

DOS


Tengo veintitrés años y estoy sentado junto a Catherine Hale; o, más exactamente, ella está sentada a mi lado, porque ha entrado al aula después que yo y se ha deslizado como sin darle importancia por el banco hasta que nuestros muslos se han tocado, y luego se ha apartado ruborizándose, como si el contacto hubiera sido accidental.



14 из 322