
– Él está mintiendo, ¿sabe?
– Eso yo no lo sé. Y usted tampoco.
– Pero yo sí que lo sé. Yo estuve en el circo.
Parpadea irritada.
– ¿Qué quiere decir?
Dudo y me lo pienso mejor.
– No tiene importancia -digo.
– ¿Trabajó usted en un circo?
– Ya le he dicho que no tiene importancia.
Durante un instante hay un silencio incómodo.
– El señor McGuinty podría haber resultado gravemente herido, ¿sabe? -dice colocándome las piernas. Trabaja deprisa, con eficacia, pero sin llegar a resultar mecánica.
– No lo creo. Los abogados son indestructibles.
Se me queda mirando un buen rato, observándome a mí como persona real. Por un momento me parece percibir en ella un resquicio. Luego vuelve a ponerse en marcha.
– ¿Le llevará su familia al circo este fin de semana?
– Sí, sí -digo con cierto orgullo-. Viene alguien todos los domingos. Como un reloj.
Desdobla una manta y me la coloca sobre las piernas.
– ¿Quiere que le traiga la cena?
– No -digo.
Hay un silencio tenso. Me doy cuenta de que debería haber añadido «gracias», pero ya es demasiado tarde.
– De acuerdo entonces -dice-. Volveré dentro de un rato a ver si necesita algo.
Ya. Sí, claro. Eso es lo que dicen siempre.
Pero, mira tú por dónde, aquí está.
– Esto no se lo cuente a nadie -dice mientras abre mi mesita plegable y me la pone sobre las piernas. Coloca en ella una servilleta de papel, un tenedor de plástico y un bol de fruta que tiene una pinta realmente apetitosa, con fresas, melón y manzana-. La había traído para cenar. Estoy a dieta. ¿Le gusta la fruta, señor Jankowski?
Le contestaría, pero tengo la mano delante de la boca y estoy temblando. Manzana, por el amor de Dios.
Me da una palmada en la otra mano y sale del cuarto ignorando discretamente mis lágrimas.
Me meto un trozo de manzana en la boca y saboreo sus jugos. La lámpara fluorescente del techo arroja su áspera luz sobre mis dedos nudosos, que sacan trozos de fruta del bol. Me parecen de otro. Desde luego no pueden ser míos.
