
– Además -dijo mirándome con intensidad a los ojos-, me da la impresión de que en este momento tienes mucho que perder -levantó las cejas para añadir énfasis a la frase. El corazón me dio un vuelco.
Una ovación atronadora estalló en la gran carpa y la banda atacó sin preámbulos el vals de Gounod. Me volví instintivamente hacia la carpa de las fieras, porque era la señal para empezar el número de la elefanta. Marlena estaría preparándose para montar a Rosie o ya sentada en su cabeza.
– Tengo que irme -dije.
– Siéntate -dijo Grady-. Come. Si estás pensando en largarte, puede que pase algún tiempo antes de que vuelvas a ver comida.
En ese momento la música paró en seco. Se oyó una alarmante colisión de metales, vientos y percusión, trombones y pícolos formaron un alboroto, la tuba soltó un pedo y el tañido hueco de unos platillos salió disparado de la carpa, voló sobre nuestras cabezas y se perdió en el olvido.
Grady se quedó paralizado, encorvado sobre su hamburguesa con los meñiques rígidos y los labios tensos.
Miré a ambos lados. Nadie movía un músculo, todos los ojos estaban orientados hacia la gran carpa. Unas cuantas hebras de heno rodaban perezosas sobre la tierra pisoteada.
– ¿Qué es eso? ¿Qué pasa? -pregunté.
– Shhh -me hizo callar Grady. La banda volvió a tocar, interpretando Barras y estrellas.
– ¡Dios! ¡Mierda! -Grady tiró la comida sobre la mesa y se levantó de un salto, derribando el banco.
– ¿Qué? ¿Qué pasa? -le grité, porque ya se alejaba de mí corriendo.
– ¡ La Marcha del Desastre! -aulló por encima de su hombro.
Me volví apresurado hacia el cocinero, que estaba luchando con su delantal.
– ¿De qué demonios habla?
– La Marcha del Desastre -dijo mientras se arrancaba el delantal por encima de la cabeza-. Significa que algo ha salido mal… Muy mal.
– ¿Como qué?
– Podría ser cualquier cosa: un incendio en la carpa, una estampida, cualquier cosa. Dios santo. Los pobres palurdos seguramente ni se han dado cuenta todavía -se agachó para salir por debajo del mostrador y se fue corriendo.
