El caos… Los vendedores de golosinas saltaban los mostradores, los trabajadores salían de las tiendas, los peones cruzaban a la carrera la explanada. Todas y cada una de las personas relacionadas con El Espectáculo Más Deslumbrante del Mundo de los Hermanos Benzini corrían hacia la gran carpa.

Diamond Joe me adelantó corriendo a lo que sería el equivalente humano del galope tendido.

– ¡Jacob… es la carpa de las fieras! -gritó-. Los animales están sueltos. ¡Vamos, vamos, vamos!

No me lo tenía que decir dos veces. Marlena estaba en aquella carpa.

A medida que me acercaba, un temblor me sacudió el cuerpo, y sentí mucho miedo porque se trataba de algo más grave que el ruido. El suelo temblaba.

Entré tambaleándome y me di de bruces contra el yak: una inmensa extensión de pelo rizado y poderosas pezuñas, de fosas nasales que resoplaban y ojos extraviados. Pasó galopando tan cerca de mí que me tuve que poner de puntillas para dejarle pasar, pegándome a la lona para evitar acabar empalado en uno de sus enormes cuernos. Una hiena aterrorizada le pisaba los talones.

El puesto que se encontraba en el centro de la carpa se había venido abajo y en su lugar se veía un amasijo palpitante de manchas y rayas, de grupas, talones, colas y garras que rugía, chillaba, gruñía y aullaba. Un oso polar coronaba aquella masa dando zarpazos a ciegas con sus garras del tamaño de sartenes. Alcanzó a una llama y la tumbó del golpe: ¡PUM! La llama cayó al suelo despanzurrada, con el cuello y las patas como las cinco puntas de una estrella.

Los monos chillaban y parloteaban colgados de cuerdas para mantenerse a salvo de los felinos. Una cebra con la mirada extraviada caminaba en zigzag demasiado cerca de un león agazapado que saltó, falló y salió disparado con el vientre pegado a tierra.



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