– ¿Judías y huevos? -mi voz se quiebra por la incredulidad-. ¿Judías y huevos?

– Y pollos. Y otros productos.

– No lo entiendo.

– Es lo que tiene la gente, hijo. Esta comunidad se ha visto muy afectada y tu padre intentaba ayudarles. No podía quedarse mirando cómo sufrían los animales.

– Pero… no lo entiendo. Aunque aceptara que le pagaran con…, en fin, lo que fuera, ¿cómo es posible que todo le pertenezca al banco?

– No pudieron hacer frente al pago de la hipoteca.

– Mis padres no tenían hipoteca.

Parece incómodo. Se coloca los dedos unidos por las puntas delante de la cara.

– Bueno, sí, lo cierto es que sí.

– No, de eso nada -le discuto-. Han vivido aquí desde hace casi treinta años. Mi padre ahorraba cada centavo que ganaba.

– El banco quebró.

Entrecierro los ojos.

– Creía que había dicho que todo el dinero se lo quedaba el banco.

Suelta un profundo suspiro.

– Se trata de otro banco. El que les concedió la hipoteca cuando quebró el otro -me dice. No sé si está intentando parecer paciente y fracasando a todas luces o intentando librarse de mí descaradamente.

Hago una pausa para sopesar mis posibilidades.

– ¿Y qué pasa con las cosas de la casa? ¿De la consulta? -pregunto por fin.

– Todo se lo queda el banco.

– ¿Y si yo me negara?

– ¿Cómo?

– Podría volver y hacerme cargo de la consulta e intentar cubrir los pagos.

– Las cosas no funcionan así. Tú no puedes quedártela.

Miro fijamente a Edmund Hyde, con su traje caro, detrás de su mesa cara, con sus libros encuadernados en cuero. Tras él, el sol atraviesa las cristaleras emplomadas. Me siento inundado por un odio repentino. Apuesto a que él no ha aceptado que le paguen con judías y huevos en toda su vida.



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