Me inclino hacia delante y le miro a los ojos. Quiero que esto sea también problema suyo.

– ¿Y qué se supone que debo hacer? -pregunto lentamente.

– No lo sé, hijo. Ojalá lo supiera. El país está pasando por momentos difíciles, eso es un hecho -se reclina en su silla con los dedos aún juntos. Inclina la cabeza como si se le hubiera ocurrido una idea-. Supongo que podrías ir al oeste -dice reflexivo.

Me doy cuenta de que si no me voy de este despacho inmediatamente le voy a estrangular. Me levanto, me pongo el sombrero y salgo.

Cuando llego a la acera me doy cuenta de otra cosa. Sólo se me ocurre una razón por la que mis padres podrían haber pedido una hipoteca: para pagar mis estudios en una buena universidad.

El dolor que me produce esta repentina conclusión es tan intenso que me doblo en dos, sujetándome el estómago.


Como no se me ocurre otra alternativa, vuelvo a la facultad, que no es más que una solución temporal. La habitación y las comidas están pagadas hasta fin de curso, pero eso es dentro de seis días.

Me he perdido toda la semana de clases de repaso. Todo el mundo desea ayudarme. Catherine me pasa sus apuntes y luego me abraza de una manera que sugiere que quizás obtuviera diferentes resultados esta vez si le hiciera mi requerimiento habitual. Me separo de ella. Por primera vez desde que tengo uso de razón no tengo interés en el sexo.

No puedo comer. No puedo dormir. Y, por supuesto, no puedo estudiar. Me quedo mirando un párrafo durante un cuarto de hora pero no soy capaz de asimilarlo. ¿Cómo podría hacerlo cuando, más allá de las palabras, en el fondo blanco del papel, veo como en un bucle interminable la muerte de mis padres? Veo su Buick color crema lanzándose contra la barandilla y saltando por un lado del puente para evitar la camioneta roja del viejo señor McPherson. ¿El viejo señor McPherson, el que se presentó en la iglesia una inolvidable Pascua sin pantalones?



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