
El vigilante del examen cierra la puerta y se sienta. Echa una mirada al reloj de pared y espera hasta que el minutero dé su paso inseguro.
– Pueden empezar.
Cincuenta y dos hojas de examen se dan la vuelta. Algunos lo repasan primero. Otros empiezan a escribir de inmediato. Yo no hago ninguna de las dos cosas.
Cuarenta minutos después todavía no he puesto el lápiz sobre el papel. Miro la hoja con desesperación. Veo diagramas, números, líneas y cuadros -secuencias de palabras con signos de puntuación al final-, algunas son puntos, otras interrogaciones, pero nada tiene el menor sentido. Por un instante incluso dudo de que sea inglés. Lo intento en polaco, pero tampoco funciona. Podrían ser jeroglíficos tranquilamente.
Una chica tose y yo doy un brinco. Una gota de sudor cae de mi frente a la hoja de examen. La limpio con la manga y la levanto.
Puede que si me lo acerco… O me lo alejo… Ahora veo que está en inglés; o más exactamente, que las palabras sueltas son en inglés, pero no soy capaz de pasar de una a otra con un mínimo de coherencia.
Cae una segunda gota de sudor.
Examino el aula. Catherine escribe deprisa, con su pelo castaño claro cayéndole sobre la cara. Es zurda, y como escribe con lápiz tiene el brazo izquierdo plateado de la muñeca al codo. A su lado, Edward levanta la cabeza, mira el reloj aterrorizado y vuelve a doblarse sobre el examen. Yo retiro los ojos y los dirijo hacia una ventana.
Retazos de cielo se adivinan entre las hojas, formando un mosaico de azul y verde suavemente agitado por el viento. Fijo la mirada en él y dejo que mi atención se relaje, concentrándome más allá de las hojas y las ramas. Una ardilla cruza con calma mi campo de visión con su gran cola enhiesta.
