– Vaya, vaya, vaya-dice lentamente-. ¿Qué tenemos aquí?

Dos de los hombres están del todo quietos, mirándome fijamente por encima de las cartas desplegadas. El cuarto se pone de pie y se acerca a mí.

Es un gorila grande como un castillo con una espesa barba negra. Lleva la ropa sucia y parece que alguien le ha dado un bocado al ala de su sombrero. Me levanto como puedo y retrocedo tambaleándome, para descubrir que no tengo donde retroceder. Giro la cabeza y descubro que me encuentro contra uno de los múltiples fardos de lona.

Cuando vuelvo a mirar hacia delante la cara del hombre está pegada a la mía y su aliento apesta a alcohol.

– En este tren no tenemos sitio para vagabundos, hermano. Ya puedes volver a saltar.

– Espera un momento, Blackie -dice el viejo de la jarra-. No vayas a hacer algo precipitado, ¿me oyes?

– No es precipitado -dice Blackie lanzándose a mi cuello. Yo me agacho y esquivo su brazo. Me lanza la otra mano y levanto la mía para detenerle. Los huesos de nuestros brazos chocan con un chasquido.

– ¡Uuuuuuu! -aúlla el viejo-. Ten cuidado, compañero. No se te ocurra jugar con Blackie.

– A mí me parece que es Blackie el que quiere jugar conmigo -grito mientras intercepto otro golpe.

Blackie ataca. Caigo encima de un rollo de lona y antes de que mi cabeza se golpee me ha levantado otra vez. Un segundo después me ha retorcido el brazo por la espalda, los pies me cuelgan sobre el quicio de la puerta abierta y tengo delante una fila de pinos que, en mi opinión, pasa demasiado deprisa.

– ¡Blackie! -le ladra el viejo-. ¡Blackie! ¡Déjale! ¡Te he dicho que le dejes! ¡Y dentro del tren!



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