
Blackie me tuerce el brazo en dirección a la nuca y me sacude.
– ¡Blackie, ya te lo he dicho! -grita el viejo-. No necesitamos meternos en líos. ¡Déjale!
Blackie me suspende un poco más desde la puerta y luego se gira y me tira encima de los rollos de lona. Vuelve con el resto de los hombres, pilla la jarra de barro y pasa a mi lado para subirse a las pilas de lonas y retirarse al rincón más lejano del vagón. Le miro fijamente mientras me froto el brazo maltratado.
– No te enfades, chaval -dice el viejo-. Tirar a la gente del tren es uno de los privilegios del trabajo de Blackie, y hacía tiempo que no se le presentaba una ocasión. Venga -dice dando unas palmaditas en el suelo-. Siéntate aquí.
Le lanzo otra mirada a Blackie.
– Venga, hombre -insiste el viejo-. No seas tímido. Blackie se va a comportar, ¿verdad, Blackie?
Blackie suelta un gruñido y da otro trago.
Me levanto y voy con cautela a donde están los demás.
El viejo alarga su mano derecha hacia mí. Yo dudo y acabo por estrecharla.
– Soy Camel -me dice-. Y este de aquí es Grady. Ése es Bill. Y creo que ya has hecho migas con Blackie -sonríe exhibiendo un escaso puñado de dientes.
– Hola a todos -digo.
– Grady, trae esa jarra, ¿quieres? -dice Camel.
Grady me mira de arriba abajó y yo le mantengo la mirada. Al cabo de unos instantes se levanta y va en silencio hasta Blackie.
Camel se levanta con esfuerzo, tan anquilosado que, en un momento dado, yo le sujeto del codo. Una vez que está de pie alza la lámpara de queroseno y me estudia la cara. Observa mi ropa y me analiza de la cabeza a los pies.
– ¿Ves lo que te decía, Blackie? -exclama enfadado-. Este no es ningún vagabundo. Blackie, ven aquí y echa un vistazo. Aprende la diferencia.
Blackie gruñe, da un último trago y le pasa la jarra a Grady.
Camel me mira con los ojos entornados.
