– Esto no es nada -me dice-. En la Gran Berta tienen todo esto y además camareros. Tú te sientas a la mesa y ellos te traen la comida.

– ¿ La Gran Berta?

– Ringling -aclara.

– ¿Has trabajado con ellos?

– Eh… no -dice tímidamente-. ¡Pero conozco a gente que sí!

Pillo un plato y me sirvo una montaña de patatas, huevos y salchichas, intentando no parecer un muerto de hambre. El aroma me abruma. Abro la boca para inhalarlo profundamente: es como maná del cielo. Es maná del cielo.

Camel aparece de no se sabe dónde.

– Toma. Dale esto al colega de allí, al del final de la cola -dice poniéndome un ticket en la mano libre.

El fulano del final de la cola está sentado en una silla de tijera, mirando por debajo del ala de su sombrero flexible. Le entrego el ticket. Levanta la mirada hacia mí con los brazos cruzados con firmeza sobre el pecho.

– ¿Departamento? -me pregunta.

– ¿Cómo dice? -pregunto yo a mi vez.

– Que cuál es tu departamento.

– Eh… No estoy seguro -digo-. Me he pasado toda la mañana limpiando los vagones de los animales.

– A mí eso no me aclara nada -dice él sin dejar de ignorar el ticket-. Podrían ser de pista, de tiro o de la carpa de las fieras. ¿De cuáles eran?

No le contesto. Estoy bastante seguro de que Camel mencionó al menos dos de esas posibilidades, pero no lo recuerdo en concreto.

– Si no conoces tu departamento es que no eres del espectáculo -dice el hombre-. O sea que ¿quién demonios eres?

– ¿Va todo bien, Ezra? -dice Camel apareciendo detrás de él.

– No, no va bien. He cazado a un palurdo espabilado que intentaba gorronearle el desayuno al circo -dice Ezra escupiendo al suelo.

– No es ningún palurdo -dice Camel-. Es un novato y está conmigo.



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