
Mis ojos recorrieron la carpa, desesperado por localizar a Marlena. Sólo vi a uno de los felinos escapar por el pasadizo que llevaba a la gran carpa. Era una pantera, y cuando vi desaparecer su cuerpo elástico y negro por el túnel de lona me preparé para lo peor. Si el público todavía no lo sabía, estaba a punto de enterarse. Tardó varios segundos en llegar, pero al fin llegó: un agudo chillido seguido de otro más, y luego otro, y otro, hasta que todo el lugar estalló con el atronador sonido de cuerpos que intentaban pasar por encima de otros y huir de las gradas. La banda dejó de tocar por segunda vez, y en esta ocasión permaneció en silencio. Yo cerré los ojos: Por favor, Señor, que salgan por la parte de atrás. Por favor, Señor, no permitas que intenten venir hacia aquí.
Abrí los ojos y contemplé la carpa de las fieras, loco por encontrarla. Tampoco puede ser muy difícil dar con una chica y una elefanta, por Dios santo.
Cuando conseguí distinguir sus lentejuelas rosas casi se me escapó un grito de alivio… O tal vez sin el casi. No lo recuerdo.
Estaba al otro extremo, de pie contra la pared, tranquila como un día de verano. Sus lentejuelas brillaban como diamantes líquidos, un faro luminoso entre las pieles multicolores. Ella también me vio y me mantuvo la mirada durante lo que pareció una eternidad. Tenía un aire imperturbable, felino. Incluso sonreía. Empecé a abrirme paso hacia ella, pero algo en su expresión hizo que me detuviera de repente.
Aquel hijo de puta estaba de pie de espaldas a ella, sofocado y resoplando, agitando los brazos y blandiendo el bastón de contera de plata. Su chistera de seda estaba tirada en la paja a sus pies.
Ella recogió algo. Una jirafa pasó entre nosotros -balanceando el cuello elegantemente incluso en medio del pánico reinante- y cuando desapareció vi que había agarrado una estaca de hierro. La asía sin tensión, dejando que el extremo descansara en el suelo de tierra. Volvió a mirarme, desencajada. Luego desvió la mirada hacia la nuca desnuda del hombre.
