Empiezas a olvidar palabras: las tienes en la punta de la lengua, pero en vez de soltarlas sencillamente, allí se quedan. Subes al piso de arriba a por algo y cuando llegas allí no te acuerdas de lo que ibas a buscar. Llamas a tus hijos por el nombre de todos los demás y al final te lo dicen ellos antes de que logres recordarlo. A veces olvidas qué día es. Y acabas por olvidar el año.

Lo cierto es que yo no he olvidado exactamente. Es más bien que he dejado de prestar atención. Hemos cambiado de milenio, eso sí lo sé -tanto escándalo y tanta preocupación para nada, todos los jóvenes asustados y comprando comida en conserva porque algún perezoso decidió dejar espacio para dos dígitos, en vez de para cuatro-, pero eso ha podido ocurrir el mes pasado o hace tres años. Y además, ¿qué más da? ¿Qué diferencia hay entre tres semanas, tres años o tres décadas de guisantes deshechos, tapioca y pañales para adultos?

Tengo noventa años. O noventa y tres. Una de dos.


O ha habido un accidente o están haciendo obras en la carretera, porque una pandilla de ancianitas permanece pegada a la ventana del final del pasillo como niñas pequeñas o presidiarios. Son desgarbadas y frágiles, con el pelo tan fino como la niebla. La mayoría de ellas son una buena década más jóvenes que yo, y eso me pasma. Incluso cuando tu cuerpo te traiciona, la mente lo niega.

Estoy aparcado en el pasillo junto a mi andador. He mejorado mucho desde que me rompí la cadera, y le doy gracias a Dios por ello. Al principio parecía que no podría volver a andar -ésa fue la razón principal para que me trajeran aquí-, pero cada dos horas me levanto y doy unos pasos, y cada día llego un poco más lejos antes de notar que necesito dar la vuelta. Puede que todavía quede algo de vida en este viejo perro.

Ahora ya son cinco, cinco ancianas de pelo blanco pegadas unas a otras y señalando al otro lado del cristal con sus dedos torcidos. Espero un poco a ver si se van. Pero no se van.



6 из 322