– Tal vez medio whisky, señor.

– ¡Sirva aquí media botella de whisky cuando pueda! -vociferó Watson al camarero que llenaba jarras de cerveza. Entornó los ojos y miró a Rebus-. ¿Ha visto a esos cabrones de la central?

– Me los he cruzado al entrar.

– Se han tomado un zumo de naranja, luego un simple apretón de manos y adiós. -Watson se esforzaba en no arrastrar las palabras para que no se le trabase la lengua y vocalizaba exageradamente-. Nunca había entendido del todo la expresión de «escoceses de pega», pero eso es lo que eran aquellos tipos.

Rebus sonrió y pidió al camarero que le sirviese un Ardbeg.

– Pero que sea un buen doble -ordenó Watson.

– Ha estado poniéndose a gusto, ¿eh, señor? -preguntó Rebus.

– Han venido unos antiguos compañeros a despedirme -dijo Watson dando un fuerte resoplido y asintiendo con la cabeza en dirección a la mesa.

Rebus miró hacia allí a su vez y vio a un grupo de beodos.

Más atrás había un buffet dispuesto sobre unas mesas con sandwiches, panecillos con salchichas, patatas fritas y cacahuetes. Vio caras conocidas de la jefatura regional de Lothian y Borders. Macari, Allder, Shug Davidson y Roy Frazer. Bill Pryde charlaba con Bobby Hogan, y Grant Hood estaba junto a Claverhouse y Ormiston, de la Brigada Criminal, tratando de aparentar que no le interesaba de qué hablaban. George Hi-Ho Silvers comenzaba a darse cuenta de la inutilidad de sus intentos de ligue con las agentes Phyllida Hawes y Ellen Wylie. Jane Barbour, de la central, charlaba con Siobhan Clarke, que había estado destinada un tiempo a sus órdenes en la Unidad de Delitos Sexuales.

– Si lo supieran los delincuentes harían su agosto -dijo Rebus-. ¿Quién hay en la comisaría?

– Sí, en Saint Leonard se han quedado en cuadro -contestó Watson echándose a reír.

– Ha venido mucha gente. No creo que haya tanta cuando yo me jubile.

– Me apostaría algo a que acudirá más -dijo Watson inclinándose-. Los primeros, los jefazos para asegurarse de que no es un sueño.



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