
Rebus sonrió. Alzó el vaso y brindó por su jefe. Saborearon el whisky y Watson se pasó la lengua por los labios.
– ¿Cuándo va a ser eso? -preguntó.
Rebus se encogió de hombros.
– Aún no llevo treinta años en el cuerpo.
– Poco le faltará, ¿no?
– Ni idea.
Pero mentía, porque casi todas las semanas pensaba que con treinta años de servicio tendría derecho a jubilarse con la pensión máxima, el ansiado objetivo de casi todos los policías: retirarse a los cincuenta en un chalecito junto al mar.
– Le voy a explicar una historia que no suelo contar -dijo Watson-. Mi primera semana en el cuerpo, estaba yo de servicio en el turno de noche, en el mostrador de atención al público, cuando entró un chaval, no tendría ni trece años, que fue directamente a mí. «He roto a mi hermanita», dijo. -Watson miraba al vacío-. Parece que le estoy viendo decirlo… «He roto a mi hermanita.» Yo no sabía qué quería decir, pero resultó que la había empujado por la escalera y la había matado. -Hizo una pausa y bebió un trago de whisky-. Eso en mi primera semana en el cuerpo. ¿Sabe lo que me dijo el sargento? «La cosa irá a mejor.» -Watson forzó una sonrisa-. Nunca he estado muy seguro de que tuviese razón… -Alzó de pronto los brazos y sonrió abiertamente-. ¡Ah, por fin! ¡Aquí está! Pensaba que me daba plantón.
Dio un abrazo asfixiante a la comisaria jefa Gill Templer secundado por un beso en ambas mejillas.
– No me diga que viene a animar la velada con el espectáculo de su persona… Perdone el lenguaje sexista -añadió haciendo amago de darse un palmetazo en la frente-. ¿Va a denunciarme?
– Lo dejaré pasar por esta vez -respondió Gill Templer- a cambio de una copa.
– Pago yo la ronda -dijo Rebus-. ¿Qué tomas?
– Un vodka largo.
Bobby Hogan llamó a voces a Watson para que zanjara una discusión.
