– Seguro que somos los únicos que conocemos esa canción.

Hogan contuvo la risa.

– ¿Recuerdas la época en que nosotros éramos los jóvenes reformistas?

– Hace un siglo de eso -replicó Rebus como hablando consigo mismo.

Hogan pensó que había oído mal, pero Rebus lo reiteró asintiendo con la cabeza.

– Bueno, ¿quién es el próximo homenajeado? -preguntó Hogan camino de la puerta.

– Yo no -dijo Rebus.

– ¿No?

– Yo no puedo jubilarme, Bobby -respondió Rebus secándose de nuevo el cuello-. Me moriría.

Hogan lanzó un bufido.

– Lo mismo me sucede a mí, pero el trabajo también me está matando.

Se miraron un instante y Hogan hizo un guiño al abrir la puerta. Volvieron al salón ruidoso y agobiante y Hogan, al ver a un viejo amigo, lo saludó con los brazos abiertos. Uno de los colegas veteranos de Watson empujó un vaso hacia Rebus.

– Bebe Ardbeg, ¿no?

Rebus asintió con la cabeza, relamió un poco lo que se le había vertido en el dorso de la mano y, al ver de nuevo a un chiquillo entrando en la comisaría, alzó el vaso y lo apuró de un trago.


* * *

Sacó las llaves del bolsillo y abrió el portal del edificio. Eran llaves nuevas, relucientes, hechas aquel mismo día. Rozó la pared con el hombro camino de la escalera y subió agarrándose bien a la barandilla. Con la segunda y tercera llave abrió la puerta del piso de Philippa Balfour.

No había nadie y la alarma no estaba conectada. Encendió las luces. La gruesa alfombra parecía enroscársele en los tobillos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para avanzar, agarrándose a la pared. Las habitaciones estaban tal como las había dejado, pero faltaba el ordenador, trasladado a la comisaría, donde Siobhan estaba segura de que el servidor de Internet de Balfour les facilitaría la contraseña de la desaparecida.

En el dormitorio ya no estaba el montón de ropa de David Costello. Se imaginó que se la habría llevado el muchacho sin permiso, porque no podía sacarse nada del piso sin autorización de los jefes. Aquellas prendas habrían debido examinarlas primero los del equipo forense para tomar muestras; aunque ya había oído rumores de que tenían que apretarse el cinturón porque en un caso como aquél los gastos podían ser astronómicos.



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