
Siobhan Clarke fue hacia ellos cruzando el salón.
– Enhorabuena -dijo dando la mano a Gill Templer.
– Gracias, Siobhan -contestó ella-. Quizá tú llegues algún día.
– ¿Por qué no? -repuso Siobhan-. El que la sigue la consigue -añadió alzando un puño sobre la cabeza.
– ¿Tomas algo, Siobhan? -preguntó Rebus. Las dos mujeres intercambiaron una mirada. -Es casi para lo único que sirven -dijo Siobhan haciendo un guiño; se echaron las dos a reír y Rebus se alejó.
* * *
El karaoke comenzó a las nueve. Rebus fue a los servicios y notó el sudor enfriándosele en la espalda. Se había guardado la corbata en el bolsillo y tenía la chaqueta colgada en el respaldo de una silla junto a la barra. Ya se habían marchado muchos de los asistentes, algunos para incorporarse al turno de noche, otros porque habían recibido una llamada por el móvil o por el busca, pero ahora llegaban otros que venían de cambiarse el uniforme en casa. Una agente de la sala de comunicaciones de Saint Leonard se había presentado con falda corta y era la primera vez que Rebus le veía las piernas. Un bullanguero cuarteto de veteranos destinados en comisarías de Lothian oeste, donde había trabajado Watson, irrumpió con fotos de la revista Farmer de veinticinco años atrás. Les habían añadido huellas dactilares y la cabeza de Watson estaba unida a cuerpos de tíos cachas, algunos en posturas más que exageradas.
Rebus se lavó las manos y se echó agua en la cara y en la nuca. Como de costumbre, había sólo secamanos eléctrico y sacó su pañuelo para usarlo como toalla; en aquel momento entró Bobby Hogan.
– ¿Tú también estás borracho? -preguntó Hogan dirigiéndose a los urinarios.
– ¿Acaso me has oído cantar, Bobby?
– Tú y yo deberíamos cantar a dúo Mi cubo tiene un agujero.
