– ¿Qué demonios pasa aquí?

Rebus se puso en pie. El hombre que tenía ante sí aparentaba cuarenta y tantos años y lo miraba con las manos en los bolsillos de un abrigo de lana tres cuartos; separó las piernas bloqueando el paso.

– ¿Quién es usted? -preguntó Rebus.

El hombre sacó una mano del bolsillo y se la llevó a la oreja. Tenía un móvil.

– Voy a llamar a la policía -contestó.

– Soy policía -dijo Rebus sacando la identificación-. Inspector Rebus.

El hombre examinó el carnet y se lo devolvió.

– Soy John Balfour -dijo en tono más suave.

Rebus asintió con la cabeza. Se lo había imaginado.

– Lamento que… -comenzó a disculparse mientras se guardaba el carnet y sentía que la rodilla izquierda le flaqueaba.

– Usted ha bebido.

– Sí, lo siento. Vengo de una fiesta de jubilación. No estaba de servicio, si se refiere a eso.

– ¿Puedo preguntarle qué hace, en tal caso, en el piso de mi hija?

– Naturalmente -replicó Rebus mirando a su alrededor-. Es que quería… ver si…, es decir…

No encontró las palabras.

– Haga el favor de marcharse.

Rebus inclinó levemente la cabeza.

– Por supuesto -dijo, al tiempo que Balfour se apartaba para dejarle paso sin que lo rozara.

Rebus se detuvo en el pasillo y se volvió ligeramente para disculparse, pero el padre de Philippa Balfour estaba junto a la ventana del salón y miraba a la calle agarrado a las contraventanas con ambas manos.

Rebus bajó la escalera con cuidado, ya casi sobrio, y cerró el portal sin mirar atrás ni hacia la ventana del primer piso. No había nadie por la calle y la calzada brillante por efecto del chubasco reflejaba la luz de las farolas. Sólo se oía el ruido de sus zapatos subiendo la cuesta camino de Queen Street, George Street y Princes Street hacia el puente North. Era la hora de salida de los pubes, y la gente que volvía a casa andaba buscando taxi y a los amigos rezagados.



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