
Mientras el cristal de la ventanilla bajaba, Rebus se inclinó hacia el agente.
– Llamada urgente de medianoche, caballeros -dijo.
– Casi me cago del susto -contestó el otro recogiendo las hojas del periódico.
Era Pat Connolly, que se había pasado sus primeros años en el departamento de Investigación Criminal batallando contra el apodo de Paddy; su compañero era Tommy Daniels, quien sí parecía satisfecho, como en todo lo demás, con el suyo, Distante, que decía bastante de su carácter. Despertado tan bruscamente de su sueño, al ver a Rebus, a quien conocía, se limitó a poner los ojos en blanco.
– Podrías habernos traído un café -dijo Connolly.
– Podría -replicó Rebus-. O un diccionario -añadió mirando el crucigrama del periódico, apenas rellenado con algunas palabras-. ¿Una noche tranquila?
– Sólo algún forastero que pregunta una dirección -contestó Connolly.
Rebus sonrió y miró a un lado y a otro. Era el centro del Edimburgo turístico. Junto a los semáforos había un hotel; en la otra acera, una tienda de géneros de punto y otra de regalos, pastillas y licoreras. Cincuenta metros más allá, un artesano de faldas escocesas, y algo más lejos, agazapada entre otras sin luces, la casa de John Knox. La ciudad vieja había sido una vez todo Edimburgo: una estrecha columna vertebral que discurría desde el castillo hasta Holyrood con escarpadas callejuelas laterales a guisa de costillas.
