Dos habitaciones. En Saint Leonard se había hablado de aquel detalle de las dos habitaciones. Sí, era un matrimonio de un solo hijo, y vivían en una casa de ocho dormitorios.

Se había hablado aún más de por qué se ocupaba Saint Leonard de un caso ocurrido en la ciudad nueva; la comisaría más próxima al piso era la de Gayfield Square; sin embargo habían asignado especialmente a la investigación a agentes de Leith, Saint Leonard y Torphichen.

Todos interpretaban que alguien había movido los hilos para que se dejaran pendientes las demás investigaciones y se concentraran en el asunto de «la hija de un rico que se ha largado de casa».

Rebus, en su fuero interno, pensaba lo mismo del tema.

– ¿Quieres tomar algo? -dijo-. ¿Café, té?

Costello negó con la cabeza.

– ¿Te importa qué…?

Costello lo miró perplejo, pero inmediatamente comprendió.

– Por supuesto -respondió-. La cocina… -añadió con un gesto.

– Sé dónde está. Gracias -dijo Rebus.

Cerró la puerta al salir y se detuvo un instante en el pasillo, contento de estar fuera del agobiante salón. Le palpitaban las sienes y sentía la tensión de los nervios oculares. Oyó ruido en el estudio y asomó la cabeza por la puerta.

– Voy a poner el agua a hervir -dijo.

– Buena idea -repuso la agente Siobhan Clarke sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.

– ¿Alguna cosa?

– Té, gracias.

– No, quiero decir si…

– Ya. Todavía no tengo nada. Cartas a amigos y algunos fragmentos de sus trabajos de clase. Pero he de comprobar miles de correos electrónicos y necesitaría la contraseña.

– El señor Costello afirma que ella no se la dijo.

Clarke carraspeó.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Rebus.

– Significa que me pica la garganta -respondió Clarke-. Lo tomo con leche. Gracias.

Rebus la dejó, entró en la cocina, llenó la tetera y buscó bolsitas de té y tazas.



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