
– ¿Cuándo podré marcharme?
Rebus se volvió hacia Costello, de pie en la entrada.
– Sería mejor que no te marchases -respondió Rebus-. Los periodistas y las cámaras… te acosarán y te llamarán constantemente por teléfono.
– Lo descolgaré.
– Te sentirás como un prisionero.
Vio que el joven se encogía de hombros diciendo algo que no entendió.
– ¿Cómo dices?
– Aquí no puedo quedarme -repitió Costello.
– ¿Por qué no?
– No lo sé…, es que… -Volvió a encogerse de hombros y se pasó las manos por el pelo aplastándoselo hacia atrás-. Echo de menos a Flip y casi no lo aguanto. No dejo de pensar que la última vez que la vi tuvimos una discusión.
– ¿Por qué motivo?
– Ni siquiera lo recuerdo -respondió Costello con una risa hueca.
– ¿Fue el día en que desapareció?
– Sí, por la tarde. Me largué hecho una furia.
– Discutíais mucho, ¿no? -preguntó Rebus como quien no quiere la cosa.
Costello no contestó, se quedó mirando al vacío y negó despacio con la cabeza. Rebus dio media vuelta, cogió dos bolsitas de té Darjeeling y las echó en las tazas. ¿Estaba Costello a punto de confesar? ¿Escuchaba Siobhan detrás de la puerta del estudio? Les habían encomendado el cuidado de Costello, y formaban parte de un equipo que hacía turnos de ocho horas; pero también lo habían llevado allí por otro motivo, pues era evidente que les era útil para aclararles los nombres que iban apareciendo en la correspondencia de Philippa Balfour. Rebus quería, además, que estuviera allí porque quizá fuese aquél el escenario del crimen, y cabía la posibilidad de que David Costello tuviera algo que ocultar. En Saint Leonard había empate de opiniones; en Torphichen, las apuestas eran dos contra uno y, para los de Gayfield, Costello era el sospechoso.
– Tus padres dijeron que podías ir a su hotel -dijo Rebus, volviéndose hacia el joven-. Han reservado dos habitaciones. Así que probablemente hay una libre.
