
Costello no entró al trapo. Siguió mirando al policía unos segundos, se dio media vuelta y asomó la cabeza por la puerta del estudio.
– ¿Ha encontrado lo que buscaba? -preguntó.
– Tardaremos aún -respondió Siobhan-. Lo mejor será que nos deje seguir.
– Ahí no va a encontrar nada -replicó él refiriéndose a la pantalla del ordenador; como ella no contestó, se irguió ligeramente y ladeó la cabeza-. ¿Es usted especialista?
– Es que es una tarea que hay que hacer -respondió ella en voz baja, como si no quisiera que se oyera fuera del cuarto.
Costello estuvo a punto de replicar, pero cambió de idea y volvió enfurecido al salón. Rebus entró con el té para Siobhan.
– Vaya estilo -dijo ella al ver la bolsita flotando en la taza.
– No sabía si te gustaba muy fuerte o no -repuso Rebus-. ¿Qué te ha parecido?
Clarke pensó un instante.
– Parece sincero.
– A lo mejor te dejas engañar por su carita de bueno.
Clarke resopló, sacó el sobre de té y lo echó a la papelera.
– Tal vez -dijo-. ¿A ti qué te parece?
– Mañana, conferencia de prensa -le recordó Rebus-. ¿Crees que podremos persuadir al señor Costello para que haga un llamamiento público?
* * *
Para hacer el turno de tarde llegaron dos agentes de Gayfield Square. Rebus se marchó a casa y se preparó un baño. Tenía ganas de estar un buen rato en el agua; echó lavavajillas bajo el chorro del agua caliente y recordó que era lo que hacían sus padres cuando él era niño. Llegaba sucio de jugar al fútbol y se daba un baño caliente con lavavajillas. No es que no pudiesen comprar gel de baño de burbujas, pero como decía la madre: «El lavavajillas está muy bien de precio».
En el cuarto de baño de Philippa Balfour había más de diez bálsamos, lociones de baño y aceites de burbujas. Rebus hizo recuento: maquinilla, crema de afeitar, pasta dentífrica, un cepillo de dientes y una pastilla de jabón; en el botiquín tenía tiritas, paracetamol y una cajita de condones.
