La librería Rayuela tenía una sala de exposiciones en la trastienda, repleta en este acto de feministas del estilo de mi amiga, y no sé por qué el cura Aguirre, como entonces se le llamaba, atraía a un público femenino tan entregado. Había dejado de decir misa en la Universitaria y aquel rito lo había sustituido por estos actos culturales casi con la misma liturgia pero con unos fieles distintos, que la policía tomaba como elementos subversivos ya muchos de los cuales tenía fichados. Jesús Aguirre llevaba chaqueta a cuadros y bufanda de seda color lila y estaba detrás de una mesa al fondo, su nuevo altar, con él presentador, un micrófono, un botellín de agua mineral y una copa, su huevo cáliz, su nueva misa. Los asistentes ocupaban toda la sala, sentados en sillas de tijera, y había oyentes de pie por todos los flancos, entre los que se contaban un par de policías de la Brigada Social y otros con aspecto torvo, a simple vista fuera de contexto.

Jesús Aguirre empezó a contar que su obra recogía una selección de pláticas que había dado durante las misas en la iglesia de la Universitaria. Luego se demoró explicando que el libro había sido retenido por la censura dos años porqué estaba dedicado a la memoria de Enrique Ruano, el estudiante de Derecho al que la policía, después de torturar, pegó un tiro y arrojó por una ventana desde un séptimo piso en la calle General Mola simulando una huida. En ese momento se produjo un barullo en la última fila. Un sujeto con gabardina plegada en el antebrazo gritó: «¡Eso es mentira, cura maricón!». Hubo un conato de pelea y gritos de protesta, pero el provocador, lejos de largarse de la sala o de ser expulsado a la fuerza, quedó en pie muy engallado.



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