
Pero un día me enfrenté de nuevo con Jesús Aguirre en la presentación de su libro Sermonesen España,editado por Cuadernos para el Diálogo, en la librería Rayuela y de la calle Tutor, en el barrio de Argüelles. Me llevó a remolque una vez más Vicki Lobo, la republicana, recién licenciada en Arqueología, vestida para la ocasión con atuendo específico: jersey de grano gordo, minifalda escocesa con un gran imperdible, botas altas, pendientes y collares de nueces indígenas. Mi amiga venció mi última resistencia. Quería que renovara ante el editor de Taurus siendo ella testigo, la promesa de escribir el libro sobre Azaña o cualquier otra cosa que me hiciera recuperar la autoestima.
Las chicas más libres de entonces ya habían dejado de tomar los temas a sus novios que preparaban oposiciones a notarías. Tampoco mataban el tedio de las tardes de domingo con su pareja ante un café con leche en una cafetería a la espera de entrar en un cine de barrio y rendir en la última fila de butacas un homenaje a Onán. A partir del Mayo del 68 iban ya en vaqueros abiertas en el trasportín de las motocicletas de los primeros centauros de la progresía, que habían dado de lado a las oposiciones y comenzaban a agarrar la vida directamente por el rabo y se hicieron cineastas, sociólogos, publicitarios, interioristas e incluso gastrónomos, pero en los primeros años setenta la vanguardia femenina había tomado la iniciativa en los abrevaderos, en las aulas de la facultad, en las carreras delante de los guardias y también en el sexo, hasta el punto de que los más tímidos se protegían juntos en un extremo de la barra de las discotecas temiendo ser asaltados por aquellas guerreras. Vicki era una de ésas. Tenía una belleza lavada, los labios carnosos sin carmín, los ojos negros sin rímel, los senos sin sostén, el alma delicada y fiera al mismo tiempo y sólo olía a jabón Lux, aunque se mordía las uñas y llevaba los dedos manchados de bolígrafo. La tijera abierta aún la llevaba en el pecho dispuesta a cortar el esqueje de cualquier clase de rosal. No había una causa noble, desprendida, arriesgada e inútil, pero romántica, que no tuviera a Vicki Lobo en primera fila llevando a remolque a los más remisos de la cuadrilla. En esa época no sé si era maoísta, trotskista, de la ORT, del FRAP o todo a la vez. Creo que sólo era una rebelde, una radical contra todo y nada.
