
En ese tiempo la dictadura franquista se dejaba dar algún pellizco de monja por el diario Madrid, donde yo escribía artículos en la Tercera Página y ejercía la crítica de arte, sobre todo de los pintores del grupo El Paso, que exponían en la galería de Juana Mordó. La ley de prensa de Fraga acababa de suprimir la censura previa. Ya no era obligado ir con las galeradas al ministerio o a la delegación de Información en las capitales de provincias para que un censor dispéptico, oliendo a semen seco, tachara a su antojo con un lápiz rojo cualquier palabra, frase, pensamiento u opinión que no le gustara. En cierto modo, Fraga había cortado las alambradas, pero había dejado el campo sembrado de minas y cualquier periódico se jugaba la edición entera y una editorial toda la tirada del libro impreso si una mina estallaba al pisarla. Poco después de aquella primera cita con Jesús Aguirre, el diario Madrid saltó por los aires, como aviso a navegantes.
Franco todavía pescaba cachalotes en ese tiempo y mataba venados, perdices rojas y toda clase de marranos con rostro inexpresivo, el belfo entreabierto y la barbilla caída. Un día de Navidad en que para celebrar el nacimiento del Niño Dios el dictador tiraba a las palomas desde una ventana del palacio de El Pardo, la escopeta de caza le reventó la mano y no por eso dejó de firmar sentencias de muerte con la mano que le había quedado intacta.
La rebeldía tenía varios frentes. En la Universitaria los estudiantes arrojaban tazas de retrete desde las ventanas de las facultades sobre los caballos de los guardias.
