
Cada reunión clandestina se cerraba con la ceremonia de la recaudación de la voluntad para los presos políticos y la nueva expedición de los argonautas consistía en llevarles por Navidad turrones a Carabanchel, aunque la cárcel de Carabanchel comenzaba a parecer una universidad expendedora de títulos antifranquistas y algunos temían que se les pasara el tiempo de adquirir su certificado para colocarse en la parrilla de salida que los llevaría al poder. Manuel Azaña era entonces un valor creciente en el hipotético horizonte republicano, con un sueño que rebrotaba cada año en el aire de abril junto con las flores de las acacias.
Por otra parte, la Iglesia se estaba renovando merced al Concilio Vaticano II. Habían aparecido los curas obreros, las comunidades cristianas de base y algunos obispos contestatarios. El cardenal Tarancón, a la hora de tomarse una paella entre naranjos en la huerta de Burriana, se subía las faldas de la sotana hasta las rodillas, se liberaba del alzacuello, se fumaba un puro en la sobremesa huertana y no veía mal que los curas echaran alguna vez una cana al aire, aunque este hedonismo mediterráneo escondía a un pragmático que usaba él sentido común como un revulsivo en medio de la caspa de Tremo. El obispo Iniesta iba por el barrio de Doña Carlota de Vallecas con una cartera de fuelle como un practicante del seguro y le saludaban los mecánicos de taller, los tenderos, los mozalbetes tirados en la acera, que llevaban una navaja de labor en el bolsillo y una cerveza en la mano.
