
—Lalo Schifrin —dijo pacientemente Phil en el silencio de nuestro lado del cristal—. Compuso la banda sonora original de Misión imposible.
Detuve el cronómetro.
—Cuatro segundos; no te estás esforzando. A ver, Lalo. Te refieres a la serie de televisión.
—Sí.
—Bravo por él. ¿Y con eso quieres decir que…?
Phil frunció el ceño.
—Gente vagamente relacionada con el pop cuyos nombres parezcan puesto por bebés.
Resoplé.
—¿Solo gente? ¿Así que el «Ob-la-di, ob-la-da» de los cuatro de Liverpool no contaría? ¿Ni el «In-a-gadda-da-vida»? ¿O el «Gaba-gaba Hey»?
—No hay público para eso, Ken.
—¿Y para Lalo sí?
—Jay-Lo.
—Jay-Lo.
—Jennifer López.
—Ya sé quién es Jay-Lo.
—P. Diddy, para el caso.
—¿Lulu? ¿Kajagoogoo? ¿Bubba sin Sparxx? ¿Iio? ¿Aaliyah?
—Que en paz descanse.
Negué con la cabeza.
—Solo estamos a martes, ¿y ya estamos tocando fondo como si fuera viernes?
Phil se rascó la cabeza. Apreté una tecla de función de mi teclado de efectos especiales; un sonido exagerado y a madera de alguien rascándose la cabeza, de dudoso valor cómico, resonó en mis auriculares. Era eso o repetir lo del cronómetro, y no se puede exagerar con estas cosas. Nuestros oyentes, de los que gracias a una carísima, dinámica y sólida investigación de mercado sabíamos que eran estadísticamente de una gran lealtad e incluían una proporción mayoritaria de publicistas con un perfil de ingresos elevado, estarían familiarizados con la gama de efectos sonoros descaradamente descabellados e incluso estrambóticos que empleaba para dar una idea de las acciones silenciosas de Phil mientras estábamos en el aire. También sabían lo que era aire muerto, que es el término terroríficamente técnico con el que los cerebritos de la radio nos referimos al silencio. Cogí aire.
