
—Lalo.
—¿Qué? —Esta vez me tocó a mí parpadear.
—Lalo —repitió Phil.
Solo podía verle la cabeza por encima de los diversos aparatos electrónicos y pantallas que nos separaban. A veces ni siquiera eso, no cuando Ashby hundía la cabeza tras un periódico.
—¿Ése no es uno de los Teletubbies? Lo pregunto porque sé que eres un experto.
—No; Lalo Schifrin. —Se calló y se encogió de hombros.
—Buen encogimiento de hombros radiofónico, Phil.
Tenía efectos sonoros para muchas de las sílabas silenciosas que componían el fragmentado lenguaje corporal de Phil, pero todavía estaba trabajando en uno para el encogimiento de hombros.
Arqueó las cejas.
—Bien. —Cogí un anticuado cronómetro mecánico del paño verde que cubría la mesa. Lo puse en marcha—. Vale, voy a cronometrar cuánto tardas en explicarte, Ashby.
Eché un vistazo al reloj de pared del estudio que colgaba sobre la puerta. Noventa segundos más y saldríamos de antena. A través del cristal triple, en la sala de producción donde en los viejos tiempos solían cobijarse cómodamente los productores, nuestras ayudantes parecían enfrascadas en un conflicto de baja intensidad, consistente en lanzarse aviones de papel unas a otras. Bill, el presentador de los informativos, deambulaba entre ellas ondeando el guión y gritando.
