El señor Harris estaba de rodillas, ordenando la caja de herramientas. Cate se sintió culpable.

– Lo siento mucho. Les dije que no se acercaran a las herramientas pero… -levantó un hombro, un gesto de frustración, y le ofreció el café.

– No pasa nada -respondió él mientras cogía el vaso con la mano rugosa y sucia de grasa. Ladeó la cabeza-. Me gusta su compañía.

– Y a ellos la suya -replicó ella, algo seca-. Voy a subir a ver qué hacen. Gracias otra vez, señor Harris.

– Todavía no han pasado los quince minutos -dijo Sherry, mirando el reloj.

Cate sonrió.

– Ya lo sé, pero no saben calcular el tiempo así que, ¿qué importan unos minutos menos? ¿Puedes vigilar la caja un rato? En el comedor todo estaba en orden, nadie necesitaba café; así que no hay nada que hacer hasta que se marchen todos.

– Yo me encargo -dijo Sherry, y Cate salió de la cocina por la puerta lateral y subió el largo y empinado tramo de escaleras. Para ella y los niños había elegido las dos habitaciones de delante y había dejado las que gozaban de mejores vistas para los huéspedes. Tanto las escaleras como el pasillo estaban enmoquetados, así que llegó arriba sin hacer ruido. La puerta de la habitación de los niños estaba abierta, pero no los oyó. Sonrió; buena señal.

Se detuvo en la puerta y se los quedó mirando un minuto. Tucker estaba sentado en la silla de castigo, con la cabeza agachada mientras se mordía las uñas. Tanner estaba sentado en el suelo, subiendo uno de sus coches de juguete por la pendiente que había fabricado apoyando uno de sus cuentos en la pierna al tiempo que imitaba el sonido de un motor con la boca cerrada.

Un recuerdo le asaltó la memoria y se le encogió el corazón. Su primer cumpleaños, a los pocos meses de la muerte de Derek, les había traído una avalancha de juguetes. Ella jamás les había enseñado a hacer ruidos de motor; apenas empezaban a caminar y sus juguetes eran blandos, como animales de peluche, o juegos educativos con los que ella les enseñaba palabras y coordinación.



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