Sin embargo, jamás les había pegado fuerte, pero ya no se cerraba ante la posibilidad de que llegaran a la pubertad sin hacerlo. La idea le retorcía el estómago, pero tenía que criarlos sola y mantenerlos a salvo al mismo tiempo que intentaba que se convirtieran en seres humanos responsables. Si se permitía el lujo de pensar demasiado en los largos años que le esperaban, casi le daba un ataque de pánico. Derek no estaba. Tenía que hacerlo sola.

El señor Harris se levantó con mucho cuidado y la miró mientras mentalmente evaluaba si ya era seguro hablar. Decidió que sí y se aclaró la garganta:

– La fuga ya está solucionada; era una tuerca que se había aflojado -mientras hablaba, se fue sonrojando y, al final, agachó la cabeza y se quedó mirando la llave inglesa que tenía en las manos.

Ella suspiró aliviada y empezó a caminar hacia la puerta.

– Gracias a Dios. Voy a buscar el monedero para pagarle.

– No ha sido nada -murmuró él-. Sólo la he apretado.

Sorprendida, Cate se detuvo en seco.

– Pero tendré que pagarle algo por su tiempo.

– He tardado un minuto.

– Un abogado cobraría una hora entera por ese minuto -comentó Sherry, que parecía divertirse con aquella situación.

El señor Harris dijo algo en voz baja que Cate no entendió, pero Sherry sí que lo hizo, porque enseguida sonrió. Cate se preguntó qué era eso tan divertido, pero no tenía tiempo para averiguarlo.

– Por lo menos deje que le sirva una taza de café. Invita la casa.

Él dijo algo parecido a «gracias», aunque también podría haber sido «no se moleste». Cate prefirió pensar que había dicho lo primero; fue al comedor, llenó un vaso de papel grande para llevar y le colocó una tapa de plástico. Se acercaron dos hombres más para pagar; a uno lo conocía pero al otro no, aunque en temporada de caza no era extraño. Les cobró, echó un vistazo a los pocos clientes que quedaban, que parecían tener todo lo que necesitaban, y se llevó el café a la cocina.



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