– El huésped de la tres ha saltado por la ventana y se ha ido -dijo, y encogió los hombros como queriendo decir: «No sé que diantre está pasando».

– ¿Por la ventana? -repitió Sherry, igual de extrañada-. ¿Por qué?

– No lo sé. Tengo su número de tarjeta de crédito, así es que no podrá evitar pagarme. Además, sus cosas todavía están arriba.

– Quizá solo quería saltar por la ventana, para ver si podía hacerlo.

– Quizá. O sencillamente está loco.

– Claro -asintió Sherry-. ¿Cuántas noches tenía previsto quedarse?

– Una. Y tiene que dejar la habitación a las once, así que debería estar de vuelta dentro de poco -aunque era incapaz de imaginarse dónde habría podido ir, a menos que le hubieran entrado unas ganas urgentes de visitar el colmado. En Trail Stop no había tiendas ni restaurantes; si quería desayunar, debería haberlo hecho en la pensión. La ciudad más cercana estaba a una hora en coche, así que no tendría tiempo de ir, comer y volver antes de la hora reglamentaria para abandonar la habitación, aparte de que, hacer todo ese viaje, únicamente para evitar comer entre extraños sería de lo más contraproducente. El señor Harris se aclaró la garganta.

– Yo… emmm -miró a su alrededor, claramente desconcertado.

Cuando vio que no sabía dónde dejar el vaso vacío, Cate dijo:

– Yo me encargo -y alargó la mano-. Gracias por venir. Aunque me gustaría que me permitiera pagarle.

Él meneó la cabeza con decisión mientras le daba el vaso. Decidida a ser más amable, Cate prosiguió:

– No sé qué habría hecho sin usted.

– Nadie de nosotros sabe cómo nos las apañábamos antes de que Cal llegara -dijo Sherry, muy alegre, mientras se acercaba al fregadero y empezaba a meter los platos y los vasos en el lavavajillas-. Supongo que nos pasábamos semanas esperando a que viniera alguien de la ciudad a arreglarnos las averías.



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