Aquello sorprendió a Cate; pensaba que el señor Harris siempre había estado allí. De hecho, encajaba con los locales como si hubiera nacido en el pueblo. Volvió a sentirse avergonzada. Sherry se dirigía a él por su nombre propio, mientras que Cate siempre lo llamaba «señor Harris», marcando una distancia entre ellos. No sabía por qué lo hacía, pero no podía evitarlo.

– ¡Maaamiii! -gritó Tucker desde lo alto de la escalera-. ¡Es la hora!

Sherry chasqueó la lengua y Cate vislumbró una pequeña sonrisa en la boca del señor Harris mientras se despedía de Sherry acercándose dos dedos a la frente y recogía la caja de herramientas; estaba claro que quería marcharse antes de que bajaran los gemelos.

Cate puso los ojos en blanco, rezando en silencio por un poco de paz y tranquilidad, y luego salió al pasillo.

– Dile a Tanner que ya puede levantarse de la silla de castigo.

– ¡Vale! -el alegre grito vino seguido de varios golpes y saltos-. ¡Tannel, mamá dice que ya puedes levantarte! Construyamos un fuerte y una baguicada y nos meteremos dentro -entusiasmado por el juego, corrió hacia su habitación.

Cate estaba divertida por aquella curiosa pronunciación y sorprendida por la elección de palabras de su hijo. ¿Barricada? ¿De dónde lo habría sacado? Quizá habían estado viendo viejas películas del oeste en la televisión; tenía que estar más atenta a lo que veían.

Se asomó al comedor: estaba vacío; la hora punta de la mañana ya había pasado. Cuando Sherry y ella limpiaran el comedor y la cocina y el señor Layton viniera a recoger sus cosas, cambiaría las sábanas y limpiaría la habitación, y luego tendría todo el libre para prepararlo todo para la llegada de su madre.

El señor Harris ya se había marchado. Cuando se acercó para ayudar con los platos, Cate golpeó con la cadera a Sherry.

– Bueno, ¿qué pasa entre el señor Harris y tú? ¿Hay algo entre vosotros?



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