
Sherry abrió la boca y miró a Cate con una expresión de total sorpresa.
– Madre mía, no. ¿Qué te ha hecho pensar eso? La reacción de Sherry fue tan genuina que Cate se sintió como una estúpida por haber sacado la conclusión equivocada.
– Estaba hablando contigo.
– Claro, Cal habla con mucha gente.
– Que yo sepa, no.
– Es que es un poco tímido -dijo Sherry, lo que posiblemente era el eufemismo del mes-. Además, soy lo suficientemente mayor como para ser su madre.
– No es verdad… a menos que fueras muy, muy precoz.
– Vale, he exagerado. Cal me cae muy bien. Es un hombre listo. Puede que no tenga un título universitario, pero puede arreglar lo que sea.
Cate estaba de acuerdo. El señor Harris arreglaba cualquier avería de la pensión, ya fuera de carpintería, electricidad o lampistería. También ejercía de mecánico, si era necesario. Si había alguien que había nacido para ser un manitas, ese era el señor Harris.
Hacía diez años, recién salida de la facultad con su título de marketing bajo el brazo, habría mirado con desdén a aquellos que se dedicaban a realizar un trabajo físico, gente con el nombre bordado en la camisa, como decían en su círculo de amigos, pero ahora era mayor y más inteligente, o eso esperaba. El mundo necesitaba a todo tipo de trabajadores para que todo funcionara, los que pensaban y los que ponían las ideas en práctica y, en aquella pequeña comunidad, alguien que pudiera arreglar lo que fuera valía su peso en oro.
Empezó a limpiar el comedor mientras Sherry terminaba en la cocina; después pasó el aspirador y sacó el polvo, al menos de todas las zonas de uso público. Gracias a Dios, la enorme casa victoriana tenía dos salones. El de la parte delantera, el grande, era para uso de los huéspedes. El pequeño de la parte trasera era donde ella y los niños se relajaban por la noche, veían la televisión y jugaban. Ni siquiera se molestó en recoger los juguetes del suelo porque, básicamente, su madre no llegaría hasta dentro de unas horas y, para entonces, los niños ya habrían vuelto a sacar todos los juguetes de las cajas, así que se ahorró el esfuerzo.
