Tenían dinero ahorrado y Derek había contratado un seguro de vida de cien mil dólares, con la intención de ir añadiendo dinero con el paso de los años. Pensaban que tenían todo el tiempo del mundo. ¿Quién habría dicho que un hombre de treinta años y sano iba a morir por una infección de los estafilococos áureos que le atacaría el corazón? Había salido a escalar por primera vez desde el nacimiento de los gemelos, se hizo un arañazo en la rodilla y los doctores dijeron que, seguramente, la bacteria había penetrado en el organismo a través de la pequeña herida. Les dijeron que sólo un treinta por ciento de personas presentaban este tipo de bacteria en la piel y que no solían tener ningún problema. Sin embargo, a veces una herida en la piel favorecía una infección y, por algún motivo, el sistema inmunológico está deprimido de forma temporal, por ejemplo por el estrés, y la infección se apodera del organismo a pesar de todos los esfuerzos por detenerla.

El cómo y el por qué importaban, sí, a un nivel intelectual sí pero, a nivel emocional, ella sólo sabía que se había quedado viuda con veintinueve años y dos bebés de nueve meses. A partir de ese momento, tenía que tomar todas las decisiones pensando en ellos.

Con los ahorros y el dinero del seguro, y con un control estricto del presupuesto de casa, podría haberse quedado en Seattle, cerca de sus padres y sus suegros. Sin embargo, no le habría quedado nada para la universidad de los niños y, además, habría tenido que trabajar tantas horas que apenas habría tenido tiempo para verlos. Había repasado sus opciones una y otra vez con su contable y lo que él le aconsejó fue irse a vivir a una zona donde el costo de la vida fuera menos elevado.



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